Francia acaba de sufrir una sofocante ola de calor, y otra amenaza con desatarse poco después de que este fin de semana comience la emblemática carrera ciclista del país. Las olas de calor son una anomalía —o una amenaza— cada vez más frecuente tanto en Francia como en el resto del mundo. Este peligro se cierne ahora sobre el Tour de Francia, que arrancará este sábado en Barcelona antes de regresar a territorio francés el lunes. Parece casi una blasfemia plantearlo, pero ¿podría la Grande Boucle de julio verse obligada algún día a adaptarse o, incluso, a cambiar de mes?
El pasado fin de semana, durante los campeonatos nacionales de Francia —cuyo recorrido por la región suroriental de Isère tuvo que ser recortado debido a las abrasadoras temperaturas de 40°C registradas durante la semana—, los aficionados apostados en las calles hablaban de una atmósfera asfixiante, mientras que los ciclistas afirmaban que la sensación era la de pedalear hacia el interior de un secador de pelo. Aunque los termómetros dieron un leve respiro al situarse justo por debajo de los 30°C a principios de esta semana, se prevé que el mercurio vuelva a subir la próxima semana, poniendo a prueba la capacidad de resistencia del pelotón. Todo ello a pesar de que los ciclistas profesionales « no son personas como nosotros », sino más bien « coches de Fórmula 1 » habituados al calor, según el seleccionador francés Thomas Voeckler.
El calor en el Tour no es ninguna novedad, como atestiguan las viejas imágenes en blanco y negro de corredores saltando a las fuentes o entrando de imprevisto en los cafés. Sin ir más lejos, en 2022, durante una etapa entre Rodez y Carcassonne, en el suroeste del país, la temperatura alcanzó los 40°C sin que se registraran incidentes mayores. Además, los ciclistas que participan en el Tour Down Under en Australia, celebrado en enero, suelen enfrentarse a un calor igualmente abrasador. Sin embargo, la creciente frecuencia de las olas de calor, sumada a su intensidad, ha reavivado el debate sobre la posibilidad de que, en un futuro, una etapa del Tour deba ser cancelada o modificada para proteger tanto a los corredores como a los espectadores.
« El Tour de Francia ha tenido mucha suerte hasta ahora al esquivar los episodios de calor extremo », señala Benjamin Sultan, investigador del Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia y coautor de un estudio de cincuenta años sobre la ronda gala. « Dado que el número de olas de calor se duplicará con creces a finales de este siglo, es solo cuestión de tiempo que el Tour se enfrente a un momento crítico que afecte a su planificación », añade el climatólogo. En junio de 2022, las autoridades locales de la región meridional de Tarn ya obligaron a recortar una etapa de la Ruta de Occitania a tan solo 36 kilómetros debido a que las temperaturas superaron los 41°C.
El director del Tour de Francia, Christian Prudhomme, afirma que los organizadores de la carrera ya han comenzado a adaptarse. « Hace apenas seis o siete años, la idea era que el recorrido fuera lo más despejado posible para que las conexiones técnicas funcionaran y el público pudiera disfrutar al máximo de la visión de los ciclistas », explicó a la agencia AFP. « Ahora, nuestro planteamiento es prácticamente el contrario: buscamos calles arboladas porque es absolutamente primordial para nosotros que los aficionados puedan resguardarse en la sombra ». Otra de las opciones sobre la mesa es el acortamiento de las etapas.
Una vez iniciada la carrera, los organizadores pueden mitigar los efectos de las altas temperaturas aumentando los puntos de avituallamiento o ampliando el margen de tiempo para evitar que los ciclistas queden eliminados al final de una etapa. No obstante, adelantar el horario de la competición a las primeras horas del día resulta una modificación mucho más compleja debido a la ingente cantidad de personal implicado, así como a los compromisos de los derechos televisivos y los ingresos por patrocinio. « Debemos ser conscientes de que no estamos en nuestra propia casa cuando ocupamos las carreteras », recuerda Prudhomme. « Contamos con una autorización para un horario determinado, no para cinco horas antes o después. Eso no se puede improvisar a último momento. Se pueden recortar 15 kilómetros o salir media hora antes, pero poco más ».
Respecto a la solución más radical —trasladar la carrera a otra época del año—, el inconveniente radica en que el periodo de altas temperaturas es cada vez más extenso y las vacaciones escolares coinciden con los dos meses más cálidos: julio y agosto. E incluso en ese supuesto, « nuestra primera ola de calor este año llegó a finales de mayo », advierte Prudhomme. Además, cualquier decisión de este calibre tendría ramificaciones « que irían más allá » del propio ecosistema del ciclismo. El Tour de Francia sigue siendo « el eje central de la temporada » en torno al cual se organiza todo lo demás, concluye.



















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